El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine —Se lo suplico, señorita —le dijo con voz conmocionada—, que aceptéis esta sortija como recuerdo de mi pobre hermana.
—¡Ah, Henry!… —exclamó la joven; y deteniéndose al pronunciar estas palabras, miró alternativamente a Kernan y al conde, arrojándose en brazos de éste y vertiendo sobre su pecho un raudal de lágrimas. Después levantó la cabeza, y dirigiéndose ruborosa al caballero, le dijo, presentándole la mejilla con timidez:
—Henry, no tengo otra cosa que poderos ofrecer a cambio de vuestro delicado regalo.

El joven rozó castamente con sus labios aquella fresca y purÃsima mejilla; pero sintió latir su corazón con tal fuerza que parecÃa querérsele salir del pecho.
Kernan sonrió con satisfacción, y el conde unió involuntariamente en su pensamiento los nombres de Henry de Trégolan y de MarÃa de Chanteleine.