El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine La isla Tristán
El mes de enero se deslizó apaciblemente para los huéspedes del viejo Locmaillé, los cuales empezaban a abrigar en sus pechos la esperanza de ser menos desgraciados.
Trégolan se sentía cada vez más atraído por la hermosa María; pero ella, comprendiendo su situación, se esforzaba en ocultar sus sentimientos, y ponía tanto empeño en disimular su amor como otra hubiera puesto en darlo a conocer; así es que nadie se apercibió de aquella tierna pasión, más que Kernan, el cual tenía muy buen ojo y se decía a sí mismo:
—Esto marcha, y al fin se hará… ¡y a fe que nada puede suceder que fuese mejor!…
La aldea de Douarnenez disfrutaba entre tanto de una completa tranquilidad, la cual no se turbó más que una sola vez, y fue de este modo:
Frente a la casita de Locmaillé, al otro lado del río y a menos de medio cuarto de hora de distancia, casi tocando a la costa había un islote formado de un solo peñasco, árido e inculto, en cuya cúspide ardía por las noches una hoguera que iluminaba con sus reflejos, en medio de la oscuridad, la entrada del puerto.
Llamaban los naturales del país a aquel peñasco la isla Tristán, y su nombre estaba bien justificado por su aspecto melancólico y sombrío.
