El conde de Chanteleine

El conde de Chanteleine

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Kernan había observado que los pescadores miraban con horror aquel promontorio y que evitaban con cuidado aproximarse a él; algunos de ellos cuando pasaban a corta distancia de sus rocas, levantaban los puños en señal de amenaza; otros se santiguaban con recelo, y las mujeres asustaban a los niños revoltosos nombrándoles la isla maldita.

Se hubiera creído que encerraba un depósito de leprosos o que en ella existía un lazareto.

Era, en fin, un lugar de maldición, del que todos tenían miedo.

Muchas veces decían los pescadores:

—El viento sopla del lado de la isla Tristán… mala mar tendremos y alguno se quedará en ella.

Estos temores eran infundados a todas luces; pero con todo, aquel lugar pasaba como siniestro en toda la costa, no obstante lo cual estaba habitado, pues de vez en cuando se distinguía un hombre vestido de negro vagando por la roca, a quien las pobres gentes de Douarnenez señalaban con el dedo gritando:

—¡Hele allí!… ¡miradle!… ¡miradle!…

Muchas veces aquellas indicaciones iban acompañadas de amenazas, pues gritaban todos a una voz:

—¡Muera!… ¡Muera!…

Entonces el hombre vestido de negro se ocultaba en una especie de choza medio derruida que descollaba en la cumbre del islote.


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