El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine —Tendréis dos, puesto que yo os amo también —exclamó Henry que no pudo contener aquel grito del alma.
—¡Señor de Trégolan!… —murmuró Kernan.
—Perdonadme, MarÃa; perdonadme, Kernan, pero esta palabra me ahogaba ya… no, mi querida, mi idolatrada criatura, no estáis sola en el mundo, puesto que yo me consideraré el más dichoso de los hombres si me permitÃs consagraros mi vida entera.
—¡Henry!… —exclamó la doncella.
—SÃ, la amo, Kernan, la amo; y vos que lo sabéis hace mucho tiempo, vos a quien su padre la ha confiado, aprobaréis mi amor.
—¿Pero a qué viene eso en este momento?… Cuando el conde…
—No temáis, Kernan, ni vos tampoco, MarÃa; si me he atrevido a pronunciar tales palabras es porque voy a partir.
—¡A partir! —exclamó MarÃa.
—SÃ, voy a alejarme de vos, de vos a quien amo, y de quien quisiera llevar una dulce palabra… Si hubiese debido permanecer a vuestro lado, hubiera encerrado mi secreto en el fondo del corazón como lo habÃa prometido a Kernan, pero voy a marchar… ¿para cuánto tiempo? Lo ignoro. Ahora ¿podré esperar que me perdonéis por haber hablado?…