El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine —¿Pero dónde vais, Henry? —preguntó María con un acento que penetró en el alma del caballero.
—¿Dónde voy? Al Poitou, a la Vendée, a Mortagne, a donde pueda encontrar a vuestro padre, a donde pueda adquirir noticias suyas, a fin de poderos decir con certeza si tenéis aún sobre la tierra otro corazón que lata por os, además de los de Kernan y el mío.
—¿Cómo —dijo el bretón—, queréis ir a uniros con el conde?
—Sí, y estoy seguro de hallarle o de morir en la demanda.
—¡Henry! —volvió a exclamar la doncella con acento indefinible.
—Pues bien, vaya —dijo Kernan, con voz conmovida—, vaya y que el cielo os proteja; en vuestra ausencia yo velaré por esta idolatrada niña, pero sed prudente y no olvidéis que contamos con vuestra vuelta.
—Tranquilízate, Kernan; tengo un deber sagrado que cumplir y no es por cierto el de dejarme matar allá abajo, sino el de reunirme con el conde de Chanteleine; no estará tan escondido que yo no lo encuentre. El rango que ha ocupado siempre en el ejército realista hace que sea muy conocido; iré a Mortagne, María, y os traeré noticias de vuestro padre, os lo juro.