El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine —¡Henry! —dijo la joven, vertiendo abundantes lágrimas—, ¡vais a arrostrar inmensos peligros por nosotros!… ¡Que Dios os acompañe y os premie como merecéis!
—¿Cuándo vais a partir? —preguntó Kernan.
—Esta misma noche… Viajaré a pie o a caballo según las circunstancias lo permitan; pero no lo dudéis, llegaré.
Los preparativos del viaje no fueron muchos.
Cuando llegó la hora de la partida, MarÃa estrechó la mano de Trégolan teniéndola largo rato entre las suyas sin atreverse a pronunciar una sola palabra. Kernan estaba muy conmovido; pero Henry sacó de las miradas de MarÃa una fuerza sobrehumana, y después de un prolongado adiós, corrió hacia la puerta… mas antes de llegar a ella se abrió de improviso y apareció en su umbral un hombre embozado en una capa. Era el conde.
—¡Padre! —exclamó MarÃa.

—¡Mi querida hija! —repuso el conde estrechándola contra su corazón.
—¡Oh, cuánta zozobra hemos experimentado! ¡Cuánto hemos sufrido por vuestra ausencia, padre!… Ved, en este momento iba a partir Henry en vuestra busca.
—¡Ah, noble joven! —dijo el conde estrechando la mano del caballero—. Conque ¿aún querÃais sacrificaros otra vez por nosotros?