El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine El nueve de termidor
A la medianoche volvió a entrar Kernan en Porzik, y con acento sombrío manifestó a sus amigos que acababa de matar a Karval.
María se estremeció; una palidez mortal asomó a su frente y temblando de miedo entró en su estancia y se arrojó sobre el lecho cubriéndose el rostro con ambas manos.
No bien había desaparecido, el bretón asió del brazo a Henry y le dijo al oído:
—Mañana es el día de la ejecución.
El caballero palideció de terror.
—Mañana; pero yo arrancaré a mi amo de las garras de la muerte, al pie mismo del cadalso, o moriré con él.
—Yo iré con vos —dijo Henry.
—¿Y qué será entonces de María?
—¡María!… ¡María!… —exclamó el joven.
—Ya lo veis, es necesario que permanezcáis a su lado por si yo llego a morir; pero procurad que ella no sepa nada. ¡Pobre niña!… Mañana será huérfana a no ser que un milagro me ayude a devolverle a su padre.
Henry quiso insistir todavía; pero el deber que le inspiraba su valor luchaba con los sentimientos de su corazón, que le obligaban a permanecer al lado de su prometida esposa.
