El faro del fin del mundo
El faro del fin del mundo La animación con que hablaba Vázquez no dejaba de reconfortar a su camarada, que acaso no miraba tan de color de rosa las largas semanas que habÃa de pasar en aquella isla desierta, sin comunicación posible con sus semejantes, hasta el dÃa que los tres fueran relevados. Para concluir, Vázquez añadió: —Ya ves, desde hace cuarenta años estoy recorriendo todos los mares del antiguo y nuevo continente, de grumete, de marinero, de patrón... Pues bien, ahora que ha llegado la edad del retiro, yo no podrÃa desear cosa mejor que ser torrero de un faro: ¡y qué faro! ¡El faro del Fin del Mundo!
Y en verdad que aquel nombre estaba bien justificado en aquella isla, lejana de toda tierra habitada y habitable. —DÃ, Felipe —repuso Vázquez, sacudiendo la ceniza de su pipa—, ¿A qué hora vas a relevar a Moriz? —A las 10. — Bueno; entonces yo te relevaré a las 2 de la mañana y estaré de guardia hasta el amanecer.
—Convenido, Vázquez; entretanto, lo más acertado será irnos a dormir.
—¡A la cama, Felipe, a la cama! Vázquez y Felipe se dirigieron hacia la pequeña explanada en medio de la cual se alzaba el faro, y entraron en el interior. La noche fue tranquila. En el instante en que alboreaba, Vázquez apagó la luz que alumbraba hacÃa doce horas.