El Rayo verde
El Rayo verde Cuando dejaron atrás la isla Kerrera, el coche se adentró por un camino angosto, ligeramente accidentado por aquel istmo de Clachan. Desde allí, pasando por aquel istmo artificial, en forma de puente, que une la isla Seil al continente, llegaron al fondo de un barranco, donde los excursionistas bajaron del coche, subieron por los flancos escarpados de una colina, y se sentaron al borde de las rocas.
Allí no había nada que estorbase a los observadores, vueltos hacia el oeste, ni el islote de Easdale, ni el de Insh, que estaba como encallados cerca de Seil. Entre la punta Ardanalish de la isla Mull una de las mayores de las Hébridas, al noreste, y la isla Colonsay, al suroeste, se destacaban una ancha superficie de mar, detrás de la cual no tardaría en desaparecer el sol.
La señorita Campbell, absorta en sus pensamientos estaba sentada un poco más adelante que los otros. Algunas aves de presa, águilas o halcones, eran los únicos seres vivientes que animaban aquellas soledades, volando a ras de las rocas.
Astronómicamente el sol, en aquella época del año y en aquellas latitudes, debía ponerse a las siete y cincuenta y cuatro minutos, precisamente en la dirección de la punta Ardanalish.
Pero algunas semanas más tarde hubiera sido imposible verlo desaparecer tras la línea del horizonte, pues la masa de la isla Colonsay lo hubiera impedido.