El Rayo verde
El Rayo verde Aquella tarde, pues, tanto el tiempo como el lugar estaban bien escogidos para la observación del fenómeno.
En aquel momento el sol se dirigÃa, en una trayectoria oblicua, hacia el horizonte puro y claro.
Los ojos sufrÃan un poco al mantener tanto rato la vista clavada en el resplandeciente disco rojo, que las aguas reflejaban en una larga estela de luz brillante.
Y, sin embargo, ni la señorita Campbell ni sus tÃos hubieran consentido en cerrar los párpados, ¡oh no!, ni por un instante.
Pero, antes de que el astro hubiera rozado con su borde inferior el horizonte, la señorita Campbell lanzó un grito de decepción.
Una pequeña nubecilla acababa de aparecer, suave como una pincelada, larga como un gallardete, pero que cortaba el disco en dos partes desiguales y que parecÃa descender con él hasta el nivel del mar.
ParecÃa que un soplo de aire, por tenue que fuese, serÃa suficiente para alejar o disipar la nube… Pero el soplo de aire no se produjo.
Y cuando el sol quedó reducido a un minúsculo arco, aquella ligera nubecilla tomó el sitio del Rayo Verde entre el cielo y el agua.
El Rayo Verde, perdido en aquella nubecilla, no pudo llegar a los ojos de los espectadores.