El Rayo verde

El Rayo verde

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Al día siguiente, 8 de agosto, unos pesados nubarrones tamizaban los rayos solares. La brisa del mediodía no fue lo suficientemente potente para disiparlos. Al atardecer, el cielo se coloreó con todas las tonalidades del arco iris, desde el amarillo cromo al azul ultramar, convirtiendo el horizonte en una paleta abigarrada; y, al ponerse el sol, quedó teñido de todos los rayos del espectro solar, menos el que la fantasía supersticiosa de la señorita Campbell deseaba ver.

Y esto se repitió al día siguiente y al otro también. La calesa volvió a guardarse en la cochera del hotel. ¿De qué serviría ir a observar un fenómeno que el estado del cielo hacía imposible? Las alturas de la isla Seil no podían ser más favorables que las playas de Oban, y lo mejor sería no exponerse a una contrariedad.

Sin estar de más mal humor del que convenía, la señorita Campbell, al llegar la hora del ocaso, se limitaba a encerrarse en su cuarto, enfadada contra aquel sol tan poco complaciente. Se echaba para descansar de sus largas caminatas, y soñaba despierta. ¿Con qué? ¿Con la leyenda del Rayo Verde? ¿Era necesario haberlo visto para ver claro en su corazón? En el suyo no, seguramente, pero ¿y en el de los demás?


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