El Rayo verde
El Rayo verde Aquel día, acompañada de la señora Bess, Elena había encaminado sus pasos hacia las ruinas del castillo de Dunolly. En aquel lugar, al pie del viejo muro recubierto de altas y espesas hiedras, el panorama que se divisaba de la bahía de Oban, con los islotes esparcidos por el mar de las Hébridas y la gran isla de Mull, era magnífico.
Pero, aun cuando la señorita Campbell miraba a lo lejos todo el panorama que se extendía bajo sus ojos, ¿lo veía? ¿No la distraían antiguos recuerdos? En todo caso, podemos afirmar que no era la imagen de Aristobulus Ursiclos la que se interponía ante sus ojos. En verdad, aquel joven pedante hubiera sido muy inoportuno aquel día, sobre todo si llegaba a oír los comentarios que la señora Bess hacía con toda franqueza sobre su persona.
—No me gusta —decía por enésima vez—. ¡No, no me gusta! Solo piensa en sí mismo. ¡Qué mal sentaría su persona en la mansión de Helensburgh! ¡Debe ser del clan de los MacEgoístas, estoy segura! ¿Cómo es posible que los señores Melvill hayan podido pensar que este vanidoso pudiera llegar a convertirse en su sobrino? Partridge tampoco puede sufrirlo, igual que yo, y Partridge entiende de eso. Vamos a ver, señorita Campbell, ¿de verdad le gusta a usted?