El Rayo verde
El Rayo verde —Ayer, por la carretera de Dalmally. VenÃa hacia acá, con la mochila a cuestas, como un artista ambulante. ¡Ah!, es un imprudente, este joven. Dejarse arrastrar asà hasta el abismo de Corryvreckan, es de mal agüero para el porvenir. No siempre hallará un buque que acuda a sacarle del mal paso y un dÃa le ocurrirá una desgracia irreparable.
—¿Lo crees asÃ, Bess? Si fue imprudente, al menos se mostró valiente, y en el peligro en que estaba nunca perdió la serenidad.
—Es posible, pero, por cierto, señorita Campbell —prosiguió la señora Bess—, este joven no supo ver que fue gracias a usted que salvó la vida, porque al menos, al dÃa siguiente de llegar a Oban, hubiera podido venir a darle las gracias…
—¿Darme las gracias? —contestó la señorita Campbell—. ¿Por qué? Solo hice por él lo mismo que hubiera hecho por cualquier otro, y, puedes creerme, lo que cualquier otro hubiera hecho en mi lugar.
—¿Lo reconocerÃa usted si lo volviera a ver? —preguntó la señora Bess, mirando a la muchacha.
—Sà —contestó francamente la señorita Campbell—, y confieso que el carácter de su persona, el valor sereno que demostró al subir al puente, como si no acabara de escapar a la muerte, las palabras afectuosas que pronunció para su compañero mientras lo estrechaba contra su pecho, todo me conmovió.