El Rayo verde
El Rayo verde —¿Ganar?
—SÃ…, sin que lo parezca.
—Pero, señorita Campbell…
—SerÃan muy desgraciados si perdieran.
—Pero… permÃtame… —contestó Aristobulus Ursiclos—. Conozco este juego del croquet matemáticamente, y me alabo de ello. He calculado la combinación de las lÃneas, el valor de las curvas, y me parece que puedo tener la pretensión…
—Yo no tengo más pretensión —contestó la señorita Campbell— que la de complacer a mis adversarios. Además, son muy fuertes en croquet, se lo advierto, y no creo que toda su ciencia pueda competir con su habilidad.
—¡Ya lo veremos! —murmuró Aristobulus Ursiclos, que por ninguna consideración se hubiera dejado ganar voluntariamente, ni que fuera para complacer a la señorita Campbell.
Entretanto, la caja que contenÃa las bolas, los arcos, los piquetes, las marcas y los mazos, acababa de ser depositada en el campo por el muchacho encargado de este servicio.
Los nueve arcos fueron dispuestos en figura de rombo y fijos en las bases de piedra, y en los extremos de aquel se elevaron los piquetes. El hermano Sam dijo:
—¡A sortear!