El Rayo verde
El Rayo verde Los hermanos Melvill se habían detenido muchas veces contemplando con envidia cómo grupos de jóvenes maniobraban en los campos de croquet. Por esto se sintieron llenos de gozo cuando la señorita Campbell aceptó jugar con ellos, pues sentían la doble satisfacción de distraerla mientras se libraban a su juego favorito, ante un grupo de espectadores que los admiraría. ¡Qué vanidosos!
Aquel día Aristobulus Ursiclos consintió en suspender sus trabajos para hallarse en el campo de juego a la hora fijada. Tenía la pretensión de estar fuerte en croquet tanto en teoría como en la práctica, y lo juzgaba como lo haría un sabio, matemático, calculador, todo tal cual conviene a un cerebro de su especie.
Lo que no acababa de gustar a la señorita Campbell es que le tocara tener a aquel sabio como pareja. Pero no podía ser de otro modo, pues no causaría a sus tíos el disgusto de separarles en la lucha, de oponerles entre sí, ellos que siempre habían vivido tan unidos, de pensamiento y corazón, de cuerpo y alma, y que no jugaban si no era juntos. No, no habría podido hacerlo.
—Señorita Campbell —le dijo Aristobulus Ursiclos, antes de empezar—, estoy muy contento de ser su pareja, y si usted me permite que le explique la causa determinante de algunas tiradas…
—Señor Ursiclos —contestó Elena, llevándole aparte—, hemos de dejar ganar a mis tíos.