El Rayo verde

El Rayo verde

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La señorita Campbell, desesperada por aquel contratiempo, iba y venía por las rocas. Olivier Sinclair hacía grandes señas a la embarcación, indicándole que arriara la vela. Pero todo fue en vano. Ni le veían ni podían oírle. La chalupa, empujada por una ligera brisa, continuaba surcando las aguas hacia el oeste.

En el momento en que el borde superior del disco solar iba a desaparecer, la barca pasó ante él tapándolo con el triángulo de su opaca vela.

¡Decepción! Esta vez el Rayo Verde había brillado al pie de aquel horizonte sin brumas, pero había tropezado con la vela antes de alcanzar el promontorio en el cual tantas miradas ávidas lo estaban esperando.

La señorita Campbell, Olivier Sinclair y los hermanos Melvill, completamente descorazonados, más irritados quizá de lo que debieran por su mala suerte, permanecían como petrificados en el mismo lugar, sin pensar en marcharse, y maldecían a la embarcación y a los que la conducían.

Mientras tanto la chalupa acababa de atracar en la misma base del promontorio.

Entonces desembarcó un pasajero, dejando a bordo los dos marineros que lo habían conducido desde la isla Luing, y, tras cruzar la playa, empezó a subir por las rocas para llegar al extremo del cabo.


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