El Rayo verde

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Seguramente aquel inoportuno personaje debía haber reconocido el grupo de observadores situados en la meseta, pues los saludó con un gesto familiar.

—¡El señor Ursiclos! —exclamó la señorita Campbell.

—¡Él! —exclamaron los dos hermanos.

«¿Quién puede ser este caballero?», pensó Olivier Sinclair.

Era el mismo Aristobulus Ursiclos en persona que regresaba de una de sus científicas excursiones de varios días por la isla Luing.

Sería inútil explicar de qué manera lo recibieron aquellos a quienes, con su presencia, acababa de estorbar la realización de sus más caros deseos.

El hermano Sam y el hermano Sib, olvidándose de todas las conveniencias, no pensaron ni en presentar a Olivier Sinclair a Aristobulus Ursiclos. Delante del descontento de Elena, bajaron la vista, a fin de no ver aquel inoportuno pretendiente que habían escogido.

La señorita Campbell, con los puños cerrados y los brazos cruzados sobre el pecho, con los ojos llameantes, lo miraba sin decir nada. Por fin le dijo:

—Señor Ursiclos, habría hecho usted mucho mejor en no venir tan a propósito para cometer tan gran torpeza.


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