El Rayo verde

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Así, pues, por dos veces el sol se había puesto en las condiciones previstas para observar aquel fenómeno, y por dos veces la mirada ardiente de la señorita Campbell se había expuesto inútilmente a las rutilantes caricias del astro, que le dejaban luego los ojos deslumbrados durante algunas horas. Primero el salvamento de Olivier Sinclair, luego la torpeza de Aristobulus Ursiclos, le habían impedido aprovecharse de unas ocasiones que tal vez no se presentarían en mucho tiempo. Claro que en los dos casos las circunstancias no fueron las mismas, y tanto como la señorita Campbell perdonaba al uno culpaba al otro. ¿Quién habría podido acusarla de parcialidad?

Al día siguiente, Olivier Sinclair, con aire soñador, se paseaba por la playa de Oban.

¿Quién sería aquel señor Aristobulus Ursiclos? ¿Un pariente de la señorita Campbell y de los hermanos Melvill, o simplemente un amigo? En todo caso era seguramente un asiduo de la casa, pues la señorita Campbell no se había guardado de reprocharle furiosamente su torpeza. Pero ¿qué le importaba a Olivier Sinclair? Si quería saber a qué atenerse solo tenía que preguntárselo al hermano Sam o al hermano Sib… Y esto es precisamente lo que no quería hacer y lo que no hizo.


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