El Rayo verde

El Rayo verde

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Sin embargo, no le faltaron ocasiones. Cada día Olivier Sinclair se encontraba o bien con los hermanos Melvill, que se paseaban siempre juntos —¿quién habría podido decir que los había visto alguna vez el uno sin el otro?— o acompañados de su sobrina, por las orillas del mar. Hablaban de mil cosas, y sobre todo del tiempo, lo que en aquella ocasión no era una manera de hablar de algo cuando no se tiene nada que decir. ¿Volverían a tener una de aquellas tardes serenas que esperaban para volver a la isla Seil? No era muy seguro. En efecto, después de aquellos dos días admirables del 2 y del 14 de agosto, cada día el cielo se levantaba incierto, lleno de nubes tormentosas, el horizonte era surcado por relámpagos de calor, y la bruma crepuscular lo envolvía siempre. En fin, había para desesperarse.

¿Por qué no confesamos de una vez que el joven pintor se había entusiasmado tanto con el Rayo Verde como la propia señorita Campbell? Había empezado a interesarse con aquel capricho de la joven y ahora corría con ella por los campos del espacio con su fantasía, con no menos ardor que su compañera. ¡Ah! Él no era como Aristobulus Ursiclos, que con su cabeza perdida entre las nubes de la ciencia desdeñaba aquel simple fenómeno óptico. Los dos jóvenes se comprendían y querían ser de los pocos privilegiados a quienes el Rayo Verde honraría con su aparición.


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