El Rayo verde
El Rayo verde —¿Si me gusta, señorita Campbell? —contestó—. Ya lo creo, y no soy de esta clase de gente que lo encuentra monótono. A mis ojos nada cambia tanto como su aspecto, pero hay que saber mirarlo en sus diversas fases. Verdaderamente, el mar está hecho de tantos matices, mezclados tan maravillosamente unos con otros, que quizá serÃa más difÃcil para un pintor reproducir este conjunto uniforme y variado a la vez, que pintar un retrato, por movible que fuese la fisonomÃa.
—En efecto —dijo la señorita Campbell—, continuamente está cambiando; bajo el menor soplo de brisa y según la luz con que se impregne, aparece distinto a cada hora del dÃa.
—MÃrelo usted en este momento, señorita Campbell —continuó Olivier Sinclair—. Está completamente tranquilo. ¿No le parece como un hermoso rostro dormido, del que nada puede alterar la pureza? No tiene ni una arruga, es joven y hermoso. Es como un espejo inmenso, pero un espejo que refleja el cielo, espejo en el que Dios podrÃa mirarse.
—Pero es un espejo que se empaña muy a menudo al menor soplo de la tempestad —añadió la señorita Campbell.