El Rayo verde

El Rayo verde

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Antes del mediodía se alcanzó el objeto del viaje. El rápido Pioneer pasó el estrecho de Kerrera, dobló la punta meridional de la isla, lanzóse a través del amplio ensanche del Firth of Lorn, dejó a la izquierda Colonsay y su vetusta abadía fundada en el siglo XIV por los célebres lores de las Islas, y fue a costear la parte meridional de Mull, encallada en medio del mar como un inmenso cangrejo cuya pinza inferior se encorva ligeramente hacia el suroeste. Durante un momento se descubrió el Ben More, situado a tres mil quinientos pies sobre unas lejanas colinas, ásperas y escabrosas, cuya vestidura natural está compuesta de brezos, y cuya redondeada cima domina aquellas praderas, cubiertas de rumiantes, cortadas con brusquedad por la imponente masa de la punta de Ardanalish.

Entonces y hacia el noroeste se destacó la pintoresca Iona, casi en el extremo de la punta meridional de la isla de Mull. Toda la inmensidad del océano Atlántico se extendía ante ellos hasta el infinito.

—¿Le gusta el mar, señor Sinclair? —preguntó la señorita Campbell a su joven compañero, que se hallaba sentado a su lado en el puente del Pioneer, contemplando aquel hermoso espectáculo.


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