El Rayo verde
El Rayo verde Todo marchaba bien hasta que se detuvieron frente a la cruz de MacLean. Este hermoso monolito de granito rojo, de catorce pies de altura, es el único resto de las trescientas sesenta cruces que se levantaban en la isla hasta la Reforma, hacia la mitad del siglo XVI.
Olivier Sinclair quiso, naturalmente, tomar un croquis de aquel monumento, que produce gran efecto erigido en medio de la árida llanura cubierta de hierba amarillenta.
La señorita Campbell, los hermanos Melvill y Olivier se agruparon a unos cincuenta pasos del calvario, a fin de obtener una visión de conjunto. Olivier Sinclair se sentó en un saliente del pequeño muro y empezó a dibujar los primeros planos del terreno en el que se levanta la cruz de MacLean.
Al cabo de unos momentos les pareció que una forma humana trataba de subir los primeros escalones de la cruz.
—¡Vaya! —exclamó Olivier—, ¿qué viene a hacer aquà ese intruso? Si al menos llevara el hábito de monje no desentonarÃa, y podrÃa dibujarlo postrado a los pies de esa cruz antigua.
—Es un curioso que nos molestará bastante, señor Sinclair —dijo la señorita Campbell.
—Pero ¿no es Aristobulus Ursiclos, que se nos ha adelantado? —preguntó el hermano Sam.
—¡Es él mismo! —añadió el hermano Sib.