El Rayo verde

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En efecto, era el propio Aristobulus Ursiclos quien; encaramado en el basamento de la cruz, la golpeaba con un martillo.

La señorita Campbell, indignada por aquella desfachatez del mineralogista, corrió hacia él.

—¿Qué está usted haciendo, señor Ursiclos? —le preguntó.

—Ya lo ve usted, señorita Campbell —contestó Aristobulus Ursiclos—, intento arrancar un pedazo de este granito.

—Pero ¿a qué vienen estas manías? ¡Me parece que el tiempo de los iconoclastas ya ha pasado!

—Yo no soy un iconoclasta —contestó Aristobulus Ursiclos—, sino que soy un geólogo y, como tal, me interesa conocer la naturaleza de esta piedra.

Un violento golpe de martillo había acabado la obra de destrucción: una piedra de la base cayó rodando al suelo.

Aristobulus Ursiclos la cogió y, doblando el poder óptico de sus lentes por medio de una gran lupa de naturalista que sacó de su estuche, se acercó el pedazo de piedra a la nariz.

—Es exactamente lo que suponía —dijo—. Se trata de un granito rojo muy compacto, muy resistente, que debe de haber sido extraído del islote de las Monjas, en todo parecido al que los arquitectos del siglo XII usaron para construir la capital de Iona.


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