El Rayo verde

El Rayo verde

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John Olduck no se sentía nada tranquilo. Aunque el Clorinda estuviera bastante resguardado en la bahía de Clam-Shell, no era un sitio seguro para fondear en tiempo borrascoso. El embate de las olas, penetrando entre los numerosos islotes, produciría una peligrosa resaca que pondría en peligro la situación del yate. Era necesario, pues, tomar rápidamente una decisión antes de que fuera demasiado tarde.

Cuando el capitán regresó a bordo reunió a todos sus pasajeros y les notificó sus temores, diciéndoles que creía que lo mejor que podían hacer era largarse cuanto antes de aquel lugar. El retraso de unas horas tan solo podría llevarles a encontrarse con un mar demasiado embravecido para poder atravesar la distancia de quince millas que separa la isla de Staffa de la isla de Mull, en la cual pensaba refugiarse, pues una vez en el pequeño puerto de Achnagraig, el Clorinda no tendría que temer para nada la furia de los elementos.

—¡Marchamos de Staffa! —exclamó en seguida la señorita Campbell—. ¡Perder un horizonte tan magnífico!

—Creo que sería muy peligroso permanecer anclados en Clam-Shell —contestó John Olduck.

—¡Sí, sí, es necesario partir, querida Elena…! —dijo el hermano Sam.

—Sí, es necesario… —añadió el hermano Sib.


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