El Rayo verde
El Rayo verde Olivier Sinclair, viendo el disgusto que aquella partida precipitada causarÃa a la señorita Campbell, se apresuró a decir:
—¿Cuánto tiempo cree usted que puede durar esta tempestad, capitán Olduck?
—Todo lo más dos o tres dÃas, en esta época del año —contestó el capitán.
—¿Y cree usted que es absolutamente necesario partir?
—Necesario y urgente.
—¿Qué proyectos tiene usted?
—Zarpar esta misma mañana. Con el viento que nos es favorable, podremos llegar antes de la noche a Achnagraig, y volverÃamos a Staffa tan pronto hubiera pasado la tempestad.
—¿Y por qué no regresamos a Iona, donde el Clorinda podrÃa llegar en una hora? —preguntó el hermano Sam.
—¡No… no… a Iona no! —contestó la señorita Campbell, que ya se veÃa amenazada otra vez con la sombra maléfica de Aristobulus Ursiclos.
—No estarÃamos mucho más seguro en el puerto de Iona que en el de Staffa —dijo John Olduck.
—Bueno, pues zarpen ustedes, capitán, zarpen inmediatamente para Achnagraig y déjenos a nosotros en Staffa.