El Rayo verde
El Rayo verde —¡Dejarlos en Staffa —contestó John Olduck—, donde no tienen ni siquiera una barraca para cobijarse!
—¿No podrÃamos permanecer algunos dÃas en la gruta de Clam-Shell? —preguntó Olivier Sinclair—. ¿Qué nos faltarÃa? ¡Nada! Tenemos vÃveres suficientes a bordo, la ropa de nuestras literas, vestidos de repuesto, que pueden ser desembarcados en un santiamén, y, en fin, un cocinero que no desea otra cosa que permanecer con nosotros.
—¡SÃ! ¡SÃ! —contestó la señorita Campbell batiendo palmas—. Márchese usted, capitán, márchese inmediatamente con su yate hacia Achnagraig y déjenos en Staffa. Nos sentiremos como náufragos en una isla desierta y haremos vida de náufragos voluntarios. Esperaremos el regreso del Clorinda con las mismas emociones y la misma angustia que esos robinsones que distinguen un barco desde su isla mar adentro. ¿Qué hemos venido a buscar aquÃ? Una aventura novelesca, ¿verdad, señor Sinclair?; y ¿qué más novelesco que esta situación, tÃos? Y, además, una tempestad, un huracán sobre este poético islote, la furia del mar embravecido, la lucha titánica de los elementos desencadenados, todo este espectáculo sublime no quiero dejármelo perder por nada del mundo. Márchese tranquilo, capitán Olduck, que nosotros nos quedaremos aquà esperándolo.