El Rayo verde
El Rayo verde El mar, que ya sentÃa la agitación de afuera, se levantaba y se bajaba suavemente y como por un esfuerzo de respiración al pie de los escalones, donde se reflejaba el basamento del macizo cuya negruzca sombra ondulaba debajo de las aguas.
Al llegar al rellano superior, Olivier Sinclair torció a la izquierda mostrando a la señorita Campbell una especie de angosto muelle, como un largo banco que seguÃa el muro hasta el fondo de la gruta. Una rampa con pasamanos de hierro clavados en el mismo basalto, protegÃa el paso entre la muralla y el borde del pequeño muelle.
—¡Ah! —dijo la señorita Campbell—. Esta barandilla perjudica un tanto el palacio de Fingal.
—En efecto —contestó Olivier Sinclair—, es la intervención de la mano del hombre en la obra de la naturaleza.
—Si es útil, debemos usarlo —dijo el hermano Sam.
—Y yo lo uso —añadió el hermano Sib.
En el momento de entrar en la gruta de Fingal, los visitantes se detuvieron un momento, siguiendo una indicación de su guÃa.