El Rayo verde

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Ante ellos se abría una especie de nave, alta y profunda, llena de misteriosa penumbra. La distancia entre las dos paredes laterales al nivel del mar, medía aproximadamente unos treinta y cuatro pies. A derecha y a izquierda, pilares de basalto, apretujados unos contra otros, tapaban, como ocurre en algunas catedrales del último período gótico, la masa de los muros de sustento. En los capiteles de aquellas columnas se apoyaban los extremos de una enorme bóveda ojival que se elevaba cincuenta y cuatro pies por encima del nivel del mar.

La señorita Campbell y sus compañeros, maravillados por aquella primera visión, tuvieron que ser arrancados de su contemplación, para seguir gruta adentro, por el estrecho muelle interior.

Entonces pudieron contemplar centenares de columnas prismáticas que, alineadas en perfecto orden, aunque de desiguales dimensiones, parecen producto de una cristalización gigantesca. Sus finas aristas se dibujaban tan netamente como trabajadas por el cincel de un escultor.

A los ángulos entrantes de unas se adaptan geométricamente los ángulos salientes de otras. Estas tienen tres caras, aquellas cuatro, cinco, seis y aún siete y ocho, lo que ofrece en la uniformidad general del estilo una variedad que habla muy alto en favor del sentido artístico de la Naturaleza.


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