El Rayo verde

El Rayo verde

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La luz que venía de fuera jugaba sobre todos aquellos ángulos produciendo mil destellos en los prismas de basalto, que se reflejaban como en un espejo en las aguas del canal, impregnadas de los colores verdes, rojos y amarillos de sus piedras y plantas submarinas.

Allí dentro reinaba como un silencio sonoro —si es correcto emplear estas dos palabras juntas—, este silencio especial de las grandes y profundas cavidades, que los visitantes no se atrevían a romper. Únicamente el viento llenaba con sus efluvios la cavidad de la gruta, y parecía que su potente soplo hacía vibrar todos los prismas como si fueran los tubos de un enorme órgano. Seguramente de ahí viene el sobrenombre de caverna armoniosa con que se la denomina en lengua céltica.

—¿Y qué nombre podría convenirle mejor —dijo Olivier Sinclair—, ya que Fingal era el padre de Ossian, cuyo genio supo fundir en un solo arte la poesía y la música?

—Es verdad —repuso el hermano Sam—; pero como el mismo Ossian decía: «¿Cuándo escuchará mi oído el canto de los bardos? ¿Cuándo palpitará mi corazón con el relato de las hazañas de mis padres?». ¡Ya no puede hacer el arpa que resuene el bosque de Sebora!

—Sí —añadió el hermano Sib—, ¡el palacio está desierto ahora, y los ecos no volverán a repetir los antiguos cánticos!


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