El Rayo verde
El Rayo verde La profundidad total de la gruta se calcula en unos ciento cincuenta pies aproximadamente. Al fondo de la nave aparece un conjunto de columnas dispuestas como un gigantesco órgano, no tan impresionantes como las de la entrada, pero de una misma perfección de líneas. Allí la señorita Campbell, sus dos tíos y Olivier Sinclair, quisieron detenerse un rato en muda contemplación.
Desde aquel punto, la perspectiva abierta en pleno cielo era admirable. El agua, impregnada de luz, permitía ver la disposición submarina mientras en las paredes laterales se sucedían extraordinarios juegos de luz y de sombra. Cuando una nube pasaba por delante de la abertura de la gruta, todo el resplandor se apagaba como si hubiese caído un telón de gasa sobre aquel maravilloso espectáculo. Pero cuando los rayos de sol volvían a aparecer, todo resplandecía con los siete colores del prisma desde el fondo del agua hasta la bóveda de la nave.
Más allá rompíanse las olas contra las bases del gigantesco arco. Aquel marco negro como una orla de ébano dejaba con su importancia a los términos restantes, y a lo lejos aparecía en todo su esplendor el horizonte de agua y de cielo con la lontananza de Iona que destacaba en blanco las ruinas de su monasterio.
A lo lejos aparecía en todo su esplendor el horizonte de agua.