El Rayo verde
El Rayo verde Todos permanecÃan extasiados ante aquel espectáculo fantástico, no hallando palabras para expresar sus impresiones.
—¡Es como un palacio encantado! —dijo por fin la señorita Campbell entusiasmada—. ¡Qué espÃritu prosaico se negará a creer que un Dios lo ha creado para los silfos y las ondinas! ¿Para quién vibraban, al soplar los vientos, los sonidos de esta gran arpa eolia? ¿No es esta música sobrenatural la que Waverley oÃa en sus sueños, esta voz de Selma cuyos acordes fueron anotados por nuestro novelista para arrullar a los héroes?
—Tenéis razón, señorita Campbell —respondió Olivier Sinclair—, y, sin duda, cuando Walter Scott buscaba sus imágenes en este poético paisaje de los Highlands, pensaba en el palacio de Fingal.