El Rayo verde
El Rayo verde —¡Aquà quisiera invocar la sombra de Ossian! —prosiguió la entusiasta joven—. ¿Por qué el invisible bardo no reaparecerÃa con mi voz, después de quince siglos de sueño? Quiero pensar que el desdichado, ciego como Homero, poeta como él, cantando los grandes hechos de armas de su época, más de una vez se ha refugiado en este palacio, que lleva aún el nombre de su padre. AquÃ, sin duda, los ecos de Fingal han repetido a menudo sus inspiraciones épicas y lÃricas, en el más puro acento de las lenguas gaélicas. ¿No cree usted, señor Sinclair, que el viejo Ossian pudo sentarse quizá en este mismo lugar en que nos sentamos nosotros y que los sonidos de su arpa deben de haberse mezclado con los roncos sones de la voz de Selma?
—¿Cómo no voy a creerlo, señorita Campbell —dijo Olivier Sinclair—, si lo dice usted con tal acento de convicción?
—¿Y si lo invocara? —murmuró la señorita Campbell.
Y con su fresca voz gritó varias veces el nombre del viejo poeta, que se perdió entre las vibraciones del viento.
Pero por grandes que fueran los deseos de la señorita Campbell, y a pesar de haberlo llamado por tres veces, solo el eco le contestó. La sombra de Ossian no apareció en el palacio patriarcal.