El Rayo verde
El Rayo verde La señorita Campbell no se mostraba tan contrariada por aquel contratiempo como era de creer. Aquella existencia en un islote desierto, barrido por la tempestad, sentaba muy bien a su naturaleza ardiente. Como una heroína de Walter Scott, le gustaba pasear por entre las rocas de Staffa, absorta en sus nuevos pensamientos, la mayoría de las veces sola, pues todos respetaban sus deseos de soledad.
Varias veces volvió a visitar la gruta de Fingal, cuya rareza poética la atraía. Allí pasaba horas enteras soñando despierta, no haciendo ningún caso de las recomendaciones que le hacían de que no se aventurase imprudentemente.
El día 9 de septiembre el viento tomó proporciones nunca vistas. Era un verdadero huracán, imposible de resistir en la meseta de la isla.
Hacia las siete de la tarde, en el momento de prepararse para cenar, Olivier Sinclair y los hermanos Melvill se sentían extraordinariamente angustiados, y con razón.
La señorita Campbell, que había salido hacia las tres de la tarde, sin decir hacia donde iba, todavía no había regresado.
Esperaron hasta las seis, no sin una ansiedad que iba en aumento, a medida que el tiempo transcurría, sin que ella apareciera… Pero la señorita Campbell no apareció ni a las seis ni a las siete.