El Rayo verde
El Rayo verde —¡SÃ! ¿Dónde estarÃa? —gritó Olivier Sinclair—. La he buscado en vano por toda la meseta de la isla, entre las rocas del litoral, por todas partes. De haber podido regresar, ¿no estarÃa ya entre nosotros? ¡Está aquÃ… aquÃ!
Y todos se acordaron de los deseos expresados varias veces por la imprudente jovencita, de asistir a una tempestad desde la gruta de Fingal. ¿HabÃa olvidado que el mar, desencadenado por el huracán, invadirÃa la gruta hasta el fondo, impidiéndole salir de allÃ?
¡Elena! ¡Elena!
¿Qué podÃa intentarse para llegar hasta ella y salvarla?
Con la furia del huracán, las olas penetraban dentro de la gruta llegando hasta el techo donde se rompÃan con un estruendo ensordecedor, y el agua caÃa entre las rocas, en espumeantes cascadas, mientras la parte inferior del agua se precipitaba con furia hacia adentro con la violencia de un torrente.
¿En qué parte la señorita Campbell habÃa podido encontrar un refugio contra la furia de las olas? ¿Cómo habrÃa podido resistir la invasión de las aguas furiosas en aquella gruta sin salida? ¿No habrÃa el mar arrastrado su cuerpo mutilado zarandeándolo contra los acantilados de Clam-Shell?
—¡Elena! ¡Elena!