El Rayo verde
El Rayo verde Este nombre resonaba obstinadamente a través del ruido del viento y del mar. Pero ni un grito le contestaba ni podÃa contestarle.
—¡No, no! ¡No puede estar en esta gruta! —repetÃan los hermanos Melvill, desesperados.
—¡Estoy seguro de que se encuentra aquÃ! —contestaba Olivier Sinclair, mientras con la mano mostraba un pedazo de tela, que las aguas del mar arrojaban sobre uno de los peldaños de basalto.
Olivier Sinclair se precipitó a recoger el pedazo de tela. Era el lazo escocés que la señorita Sinclair llevaba en el pelo.
¿PodÃan dudar de que se hallaba allà dentro?
Pero, si le habÃa sido arrancado aquel lazo, ¿no era de temer que la misma señorita Campbell hubiera sido arrastrada y golpeada por la furia del océano, estrellándose contra las paredes de la gruta?
—¡Yo lo sabré! —exclamó Olivier Sinclair.
Y aprovechando la resaca, avanzó un pie adelante asiéndose a la barandilla de hierro, pero una enorme masa de agua lo arrancó de allÃ, haciéndole caer hacia atrás. Si Partridge no se hubiera precipitado a cogerlo, Olivier Sinclair hubiera resbalado hasta el mar y hubiera sido arrastrado por las aguas, sin que nadie hubiera podido salvarle.
Olivier se levantó completamente mojado. Pero su resolución de penetrar adentro de la gruta persistÃa.