El Rayo verde

El Rayo verde

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Sin embargo, al igual que ocurre a veces con los fenómenos atmosféricos, que con la misma rapidez que se producen se desvanecen, el tiempo se había vuelto espléndido, y el cielo era de una pureza perfecta. El sol había rebasado el cénit sin que el horizonte se hubiera empañado con la más ligera bruma.

Olivier Sinclair, con la cabeza hirviendo con todos estos pensamientos, andaba nervioso bajo la intensa irradiación de los rayos solares, aspirando la brisa marina y llenándose los pulmones con aquella atmósfera vivificante.

De pronto, otro pensamiento cruzó por su mente —bien distinto de todos los que le embargaban—, cuando estuvo frente al límpido horizonte.

—¡El Rayo Verde! —exclamó—. Nunca el cielo se ha mostrado más propicio para nuestra observación, como ahora. Ni una nube, ni una bruma. Y no es probable que aparezcan, después de la borrasca de ayer que las barrió todas hacia el este. ¡Y la señorita Campbell que no pensará seguramente que en este día le está esperando una espléndida puesta de sol! ¡Debo… debo avisarla sin perder tiempo!

Olivier Sinclair, feliz de tener un motivo tan natural para volver al lado de Elena, dio media vuelta y corrió hacia la gruta de Clam-Shell.


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