El Rayo verde

El Rayo verde

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Pocos minutos después se hallaba ante la señorita Campbell y sus dos tíos, que le sonreían afectuosamente, mientras la señora Bess le tendía la mano.

—Señorita Campbell —le dijo—, ¿se encuentra usted mejor…? Sí, ya lo veo… ¿Ha recuperado usted las fuerzas?

—Sí, señor Olivier —contestó la señorita Campbell, que se estremeció ligeramente al ver entrar al joven.

—Creo que haría usted bien —dijo entonces Olivier Sinclair— en venir hasta la meseta para respirar un poco la suave brisa purificada por la tempestad. El sol es magnífico y la reconfortará.

—El señor Sinclair tiene razón —dijo Sam.

—Toda la razón —añadió el hermano Sib.

—Y además, para decírselo de una vez, si mis presentimientos no me engañan —continuó Olivier Sinclair— me parece que dentro de algunas horas verá usted cumplirse su más caro deseo.

—¿Mi más caro deseo? —murmuró la señorita Campbell, como interrogándose a sí misma.

—Sí… el cielo es de una pureza perfecta y es muy probable que el sol se ponga en un horizonte sin nubes.

—¿Es posible? —exclamó el hermano Sam.

—¿Es posible? —repitió el hermano Sib.


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