El Rayo verde

El Rayo verde

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—Y casi puedo asegurar —prosiguió Olivier Sinclair— que acaso esta misma tarde consigamos ver el Rayo Verde.

—¡El Rayo Verde! —exclamó la señorita Campbell.

Parecía buscar en sus recuerdos, un poco confusos, el significado de aquel Rayo Verde.

—¡Ah! ¡Sí! —exclamó al fin—. ¡Hemos venido aquí precisamente para ver el Rayo Verde!

—¡Vamos, vamos! —dijo el hermano Sam, contento con la ocasión que se le presentaba de sacar a la muchacha de aquel sopor—. Vámonos al otro lado del islote.

—Esto nos abrirá el apetito para la cena —añadió alegremente el hermano Sib.

Eran las cinco de la tarde.

Guiada por Olivier Sinclair, toda la familia, comprendiendo a la señorita Bess y a Partridge, salió de la gruta de Clam-Shell y subió hasta la meseta superior.

Había que ver la alegría que se pintaba en los rostros de los dos tíos cuando contemplaron aquel cielo tan magnífico, por el cual iba deslizándose el astro radiante. Quizás exageraban un poco, pero nunca se habían mostrado tan entusiasmados por el fenómeno. Parecía que por ellos y no por la señorita Campbell habían cambiado tantas veces de morada y sufrido tantas pruebas desde la quinta de Helensburgh hasta Staffa pasando por Iona y Oban.


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