El Rayo verde

El Rayo verde

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En realidad, aquella tarde la puesta de sol debía ser tan hermosa que el ser más insensible, el más materialista, el más prosaico, no hubiera dejado de admirar el panorama que ellos veían extenderse ante sus ojos.

La señorita Campbell se sintió renacer en aquella atmósfera impregnada de las emanaciones salinas de que era portadora la suave brisa que venía del mar. Tenía bien abiertos sus grandes ojos contemplando la inmensidad del Atlántico. Y el color volvía a sus pálidas mejillas. ¡Qué hermosa estaba! ¡Qué encanto desprendía toda su persona en aquella actitud! Olivier Sinclair, que se había quedado un poco rezagado, la contemplaba en silencio, y él, que hasta entonces siempre la había acompañado en todos sus paseos, ahora se sentía turbado, con el corazón oprimido de angustia y apenas se atrevía a mirarla.

En cuanto a los hermanos Melvill estaban positivamente tan radiantes como el mismo sol. Increpaban al astro rey con entusiasmo y le conminaban a que corriera al ocaso rápidamente en aquel horizonte sin brumas, suplicándole que se dignara enviarles su último rayo al finalizar aquel espléndido día.

Las poesías ossiánicas acudían a su mente verso tras verso:

¡Oh, tú que corres por encima de nuestra cabeza,

redondo como el escudo de nuestros padres,


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