El soberbio Orinoco

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Ante el pueblo se extendían inmensas praderas revestidas de espesa hierba que dos días de ardiente sol habían ya secado, y sobre la que algunos árboles erguían sus ramas, cargadas de frutos. No había que dudar en sacrificar estas plantaciones.

En diez o doce sitios, a cien pasos de Urbana, el fuego se hizo simultáneamente. Las llamas brotaron como si saliesen de las entrañas de la tierra. Intenso humo se mezcló a la nube de polvo que se dirigía hacia el río.

Y, sin embargo, la masa de tortugas avanzaba siempre, y avanzaría, sin duda, hasta que la primera fila sintiese el fuego. Tal vez entonces las últimas filas empujarían a las primeras hasta las llamas, y las extinguirían aplastando la hierba.

En tal caso, el peligro no habría sido conjurado, y Urbana se convertiría bien pronto en un montón de ruinas.

Sucedió otra cosa, y el medio propuesto por Marchal debía resultar bien.

En primer lugar, las fieras fueron recibidas a tiros por el sargento Marcial, Miguel, sus amigos y los habitantes que estaban armados, mientras los dos hombres, atacados sobre la masa movible, disparaban contra ellas sus últimas municiones.


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