El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco Marchal no hubiera permitido ni a Jacques Helloch ni a Germán Paterne que no le favoreciesen con una segunda visita además de aquella que los viajeros le habían prometido a su regreso.
Pero si los pasajeros no desembarcaron, al menos quisieron llevar una vista del pintoresco hato de Tigra del que Germán Paterne sacó una fotografía.
Desde este punto la navegación se hizo bastante difícil, y lo hubiera sido aún más de no conservar el viento la dirección y la fuerza suficientes para permitir a las falcas avanzar contra la corriente. La anchura del Orinoco estaba entonces reducida a mil doscientos metros, y numerosos arrecifes obstruían su lecho, sinuoso en extremo.
Todas estas dificultades fueron vencidas gracias a la habilidad de los marineros. Hacia las cinco y media de la tarde, las falcas, después de pasar el río Caripo, fueron a tomar su puesto de noche en la desembocadura del río Sinaruco.
A poca distancia estaba la isla Macupina, cubierta de árboles muy unidos y que presenta un bosque casi impenetrable. Se compone en parte de numerosas palmas llaneras, especie de palmeras, cuyas hojas tienen cuatro o cinco metros, y que sirven para fabricar los techos de las cabañas cuando los indígenas tienen necesidad de un refugio temporal en la época de la pesca.