El soberbio Orinoco

El soberbio Orinoco

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Al acercarse la noche serenóse el cielo. Ya no llovía. En la atmósfera reinaba gran calma. Por entre las nubes, en el Poniente, el sol envió sus últimos rayos sobre las aguas del Meta, que parecían mezclarse con las del Orinoco en un arroyo luminoso.

Las falcas se colocaron unidas, y en medio la Gallinetta. Parecía como si los viajeros ocuparan las tres cámaras de una casa única; tres cámaras cuyas puertas estaban abiertas.

En estas condiciones, después de tantas horas desagradables que el huracán había obligado a pasar bajo los roufs, ¿por qué no respirar juntos al aire libre de la noche? ¿Por qué no comer juntos? ¿Por qué no conversar como amigos reunidos a la misma mesa?

Por «oso» que fuera el sargento Marcial, hubiese hecho mal en quejarse de aquella vida en común.

Los cuatro franceses y los tres venezolanos fraternizaron.

Cada cual tomó parte en la conversación, llevada en primer lugar por Jacques Helloch, a un terreno propio para que los adversarios llegasen a las manos: al terreno geográfico.

Tal vez maliciosamente, dijo:

—Señor Miguel, henos en la desembocadura del Meta.

—Efectivamente, señor Helloch.


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