El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco El viento venía del Norte, pero por ráfagas, y no había que contar con las velas, que, hinchadas dos o tres minutos, caían en seguida inertes a lo largo de los mástiles. Preciso fue recurrir a las palancas y a los remos, pues en aquella altura la corriente, reforzada por el Meta, algunos kilómetros más arriba, era bastante fuerte.
En aquella parte de su curso, el Orinoco no estaba desierto. Algunas embarcaciones indígenas subían o bajaban por él. Ninguna manifestó intenciones de acercarse a las piraguas.
Tales embarcaciones servían a los quivas, que frecuentan el río en las proximidades de su importante tributario. No había por qué asombrarse, ni lamentar no entrar en comunicación con ellos, pues estos indios gozan de reputación tan detestable como merecida.
A las once cesó el viento, y Valdez y los otros dos patrones hicieron bajar las velas. Hubo entonces necesidad de navegar con las palancas a lo largo de la ribera, donde la comente se dejaba sentir menos.
Las piraguas avanzaron, pues, muy poco durante aquel día pesado y lluvioso, y a las cinco de la tarde fueron a anclar en la desembocadura del Meta, tras una punta de su ribera derecha, donde se encontraban fuera de la corriente.