El soberbio Orinoco

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—Entretanto —dijo— aprovechemos la brisa y caminemos lo más que se pueda.

—Así lo haremos, señor Helloch —respondió el patrón de la Gallinetta.

Durante la mañana las piraguas no sufrieron demasiado retraso. Habían podido utilizar el velamen para oponerse a la comente, bastante rápida entre las riberas que limitaban los vastos llanos, cortados por algunos cerrillos llenos de verdura. Varios ríos que arrojaban allí sus aguas, aumentadas por las últimas lluvias, estarían secos antes de cinco o seis semanas.

Merced a la brisa, las barcas, después de contornear las rocas de Nericawa, consiguieron, no sin dificultad y a costa de grandes esfuerzos, franquear el pequeño raudal de Aji, cuyos pasos en aquella época se conservaban aún bastante profundos para permitir maniobrar entre los numerosos arrecifes. El peligro estaba en que una piragua, cogida inopinadamente por la corriente, fuese arrojada contra los escollos, donde inevitablemente perecería.




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