El soberbio Orinoco

El soberbio Orinoco

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—Vamos, amigos míos —gritó—; un último esfuerzo. ¡No os arrepentiréis, y vuestro trabajo será bien recompensado! Hay dos piastras para cada uno de vosotros si estamos amarrados al muelle de San Fernando antes de la noche.

Los compañeros de Miguel salieron garantes de esta promesa. Animados por la prima ofrecida, los barqueros de las tres piraguas parecieron dispuestos a hacer lo imposible por embolsársela. Dadas las circunstancias en las que se les pedía aquel suplemento de energía, las dos piastras serían muy bien ganadas.

Las embarcaciones se encontraban entonces en el través del Guaviare, cuya embocadura sesga profundamente la ribera izquierda del Orinoco, a menos que no sea el Orinoco el que hunde profundamente la ribera derecha del Guaviare, es decir, en el caso de que Varinas tuviera razón contra Miguel y Felipe.

No asombrará, pues, que el defensor del Guaviare, armado de un anteojo, pasease sus miradas ardientes sobre aquella extensión, por la que corrían las aguas amarillentas de su río favorito. Verdad que tampoco asombrará que Felipe, afectando perfecto desdén cuando su piragua pasó por la embocadura, preguntase con tono irónico:

—¿Qué arroyuelo es éste?


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