El soberbio Orinoco

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Por prudencia las velas fueron arriadas, tanto más, cuanto que ningún servicio prestaban. Por prudencia también los barqueros desclavaron los mástiles, que colocaron extendidos de proa a popa.

Desde que las falcas comenzaron a perder terreno, los tripulantes se pusieron a trabajar con las palancas, y, desplegando el vigor que aquella atmósfera sofocante les dejaba, fueron contra la rápida corriente del río.

Después de la isla Amanameni, se tocó la isla Guayartivari, de extensión no menos considerable, y fue posible halar a lo largo de sus orillas. En suma, las piraguas avanzaban más de prisa que con las palancas, y así pudieron doblar la extremidad superior.

Mientras los tripulantes tomaban algún descanso antes de ponerse de nuevo a las maniobras de las palancas, Miguel se acercó a la Moriche.

—¿A qué distancia estamos de San Fernando?, —preguntó.

—A tres kilómetros —respondió Jacques Helloch, que acababa de consultar el mapa del río.

—Pues bien: es preciso andar esos tres kilómetros durante la tarde —declaró Miguel.

Y dirigiéndose a los barqueros:


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