El soberbio Orinoco

El soberbio Orinoco

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Buscar abrigo bajo los roufs se había hecho imposible. Al menos en la popa de las piraguas se podía respirar algunas bocanadas de aire, aire abrasador, cierto, como si se escapase de un homo. Por desgracia, las falcas marchaban con la brisa; ésta se dejaba apenas sentir, y esto sólo con intervalos que se prolongaban de inquietante forma.

La Gallinetta, la Maripare y la Moriche, sin embargo, consiguieron llegar a las tres de la tarde a una gran isla indicada en el mapa con el nombre de Amanameni, isla cubierta de árboles y con ribazos cortados a pico. Subiendo el brazo del río donde la corriente descendía con menor rapidez, y remolcando las falcas, los tripulantes llegaron a la extremidad meridional de esta isla.

El sol había desaparecido tras el amontonamiento de vapores que parecían dispuestos a rodar los irnos sobre los otros. Sordos truenos se oían hacia el Sur. Los primeros relámpagos cruzaron las nubes que amenazaban estallar. Ni un soplo venía del Norte.

La tempestad, pues, ganaba terreno, extendiendo sus alas eléctricas de Levante a Poniente. Toda la extensión del cielo sería rápidamente invadida por aquellas masas fuliginosas.

¿Se disiparía el meteoro sin provocar formidable lucha de los elementos? Podía suceder, pero esta vez no lo hubiere esperado el más confiado de los meteorologistas.


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