El soberbio Orinoco

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Era evidente que el estado atmosférico amenazaba ser perturbado en plazo breve. Al Sur, nubes grises con tintes fuliginosos inundaban el horizonte. Largos jirones se extendían a lo lejos. El sol, que a la hora de su culminación pasaba el cénit, no tardaría en desaparecer tras la espesa cortina de vapores.

—¡Tanto mejor! —dijo entonces Germán Paterne, por cuyas mejillas sofocadas se deslizaban gruesas gotas de sudor.

—¡Tanto peor! —respondió Jacques Helloch—. Sería preferible licuarse a ser amenazados por una tempestad en esta parte del río, donde no veo refugio alguno.

—No se respira, y si el viento amaina vamos a asfixiamos —dijo Felipe.

—¿Saben ustedes lo que el termómetro marca en el interior del rouf? —respondió Varinas—. Treinta y siete grados centígrados, y si sube un poco más alcanzaremos una temperatura capaz de freír.

—¡Yo nunca he tenido tanto calor! —se contentó con responder Miguel, enjugándose la frente.


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