El soberbio Orinoco

El soberbio Orinoco

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Un momento antes la atmósfera estaba en calma; más que en calma pesada, espesa; aire solidificado. Las nubes, saturadas de electricidad, invadían el cielo, y en vez de subir del Sur, la tempestad estalló en el horizonte opuesto. El viento encontró pronto en el cénit aquella masa de vapores, los dispersó, amontonó otros, llenos de viento, de granizo, de lluvia, que agitaron aquella encrucijada fluvial, donde se mezclaban las aguas de un río poderoso y las de sus dos grandes tributarios.

El primer efecto del chubasco fue separar las embarcaciones de la desembocadura del Guaviare; el segundo, no solamente mantenerlas contra la corriente sin la ayuda de las palancas, sino arrastrarlas oblicuamente en dirección a San Fernando. Si la tormenta no les pusiese en peligro, los pasajeros no hubieran tenido por qué lamentarse de la dirección que imprimía a las tres piraguas.

Pero, desgraciadamente, tales chubascos son con frecuencia fecundos en desastres. Quien no ha sido testigo de ninguno de ellos, no puede formar idea de su impetuosidad. Engendran ráfagas húmedas, mezcladas de granizo, cuyo choque no se soportaría impunemente; metralla penetrante que atraviesa las paredes de los roufs.


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