El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco Al oír el grito de ¡chubasco!, ¡chubasco!, los pasajeros habían buscado refugio. Como en previsión de la tormenta, las velas habían sido arriadas y los mástiles tendidos, la Maripare, la Moriche y la Gallinetta pudieron resistir el primer choque de la borrasca.
Sin embargo, estas precauciones no habían alejado todo peligro. Había otros… Arrastradas con fuerza, barridas por olas tan impetuosas como las de un océano, las falcas se arrojarán unas contra otras, entrechocaron, amenazando abrirse o estrellarse contra los arrecifes de la ribera derecha. Admitiendo que los pasajeros consiguieran salvarse en la orilla, su material quedaría completamente perdido.
Al presente, las barcas saltaban por la superficie agitada del río.
Imposible mantenerlas con los remos de popa, con que los patrones procuraban inútilmente maniobrar. Volvíase cuando chocaban con alguna ola monstruosa que precipitaba a bordo enormes cantidades de agua. Medio hundidas por esta sobrecarga, hubiéranse hundido por completo a no tener los marineros cuidado de vaciarlas, ayudados por los pasajeros.